Hay verdades que parten almas pero liberan corazones.

En un segundo, notas el primer guantazo. Uno, dos, tres. Bam. Bam. Bam. El impacto hace que despiertes de un letargo de seguridad en el que llevabas dormitando varios días; o meses; o ¿años?, quizás .

La náusea en el estómago, el cuerpo en dos partes, las piernas flojeando ante el peso de una frase, de una mirada, de un contacto fugaz.

Y de nuevo, la náusea, seguida de un vómito violento sin atisbo de piedad. Arcadas de valor, el que acompaña a quien nunca tuvo nada que perder. Nada más que la moral, y la esperanza. Casi nada. Casi todo.

© Imagen Nader Sharaf

Pero cuando ya no te queda nada más por sacar, cuando te abandona el malestar que te acompañaba, y el estómago no se contrae más; cuando el corazón está vacío y tu esencia se ha esfumado… Entonces nos llega la redención, un fuego purificante que todo lo borra, que todo lo quema. La salvación de quienes somos. Porque quienes fuimos, ya lo hemos purgado violentamente, a golpe de bilis y de decepción, en una náusea constante que ya no está.

El fuego en mi cabeza asoló mi corazón. Mi corazón asolado revivió mi sueño. Y ahora sé que puedo volar, y que no vas a ser tú quien me detenga.