Sigo con la crónica de mi periplo por el norte de los Estados Unidos.

Oregon me fascinó, pero Portland me desencantó. Así os lo digo y así os lo cuento. Porque yo me esperaba una cosa, y me encontré con otra… Y claro, cuando hay expectativas de por medio, el tema puede acabar mu malamente.

Que a ver, que ni tan mal… Que Portland, una ciudad como otra cualquiera de los USA. Pero eso, y nada más. O yo no supe encontrar lo que buscaba (tiendas artesanales, pequeñitas y cuquis), o es que nos tienen que contar la verdad, que no nos engañen…  Porque sí, tiene el barrio de The Pearl todo lleno de galerías de arte y de tiendas (de cadena) carísimas, y el Saturday Market todo lleno de hippies bastante pasados de vueltas (y de algunas cosas rebonicas, también hay que decirlo), pero poco más… Todo ese tejido artesanal, moderno, cuqui y original que yo esperaba, nanai…

Eso sí, tiene edificios bonitos, un aire postindustrial muy guapo, barrios en los que se intuye muy buena vida y (dicen, porque yo vi mu pocas) gente conduciendo bicicletas a cascoporro…

Pero Portland está poblada de gente muy de pose y muy maricona-quiero-que-sepas-que-soy-maricona-forrada-de-pasta y muy de levantar la nariz y mirarte por encima del hombro, y de ser más trendy que los trendys y más repuestos que lo más puestos y mu hipsters y mu tontos… Y luego tenemos a los hippies pasadísimos de vueltas, las hordas de homeless y los alérgicos a la ducha. Y también habrá normales, digo yo, pero a esos no los vi.

Eso sí, sólo por comerme los donuts del Voodoo Doughnut que me comí, ya valió la pena la visita. AsíN os lo digo.

De Oregon os cuento la semana que viene, que se merece un post para él solito… :)

 

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