La Casa de los Espíritus

La perrera era una celda pequeña y hermética como una tumba sin aire, oscura y helada (…). Nadie resistía mucho tiempo en ella, a lo más unos pocos días, antes de empezar a divagar, perder la noción del tiempo o, simplemente, empezar a morir. Al principio, encogida en su sepultura, sin poder sentarse ni estirarse, Alba se defendió contra la locura. En la soledad, (…) se dio cuenta de que era inútil. Se abandonó (…). Trató de no respirar, de no moverse, y se puso a esperar la muerte con impaciencia. Así estuvo mucho tiempo. Cuando casi había conseguido su propósito, apareció su abuela Clara, a quien había invocado tantas veces que la ayudara a morir, con la ocurrencia de que la gracia no era morirse, puesto que eso llegaba de todos modos, sino sobrevivir, que era un milagro (…). Clara trajo la idea salvadora de escribir con el pensamiento (…).

Alba intentó obedecer a su abuela, pero tan pronto como empezó a apuntar con el pensamiento, se llenó la perrera con los personajes de su historia, que entraron atropellándose y la envolvieron en sus anécdotas, en sus vicios y virtudes, aplastando sus propósitos documentales y echando por tierra su testimonio, atosigándola, exigiéndole, apurándola, y ella anotaba a toda prisa, desesperada porque a medida que escribía una nueva página, se iba borrando la anterior.

Fragmento de “La Casa de los Espíritus”, de Isabel Allende.
Paisajes de la Región de Salta y Jujuy en Argentina, by noemozica

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